miércoles, 16 de agosto de 2017

Santo Evangelio 16 de agosto 2017



Día litúrgico: Miércoles XIX del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 18,15-20): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele, a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, toma todavía contigo uno o dos, para que todo asunto quede zanjado por la palabra de dos o tres testigos. Si les desoye a ellos, díselo a la comunidad. Y si hasta a la comunidad desoye, sea para ti como el gentil y el publicano. Yo os aseguro: todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo. Os aseguro también que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».


«Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele, a solas tú con él (...) donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos»
Rev. D. Pedro-José YNARAJA i Díaz 
(El Montanyà, Barcelona, España)


Hoy, en este breve fragmento evangélico, el Señor nos enseña tres importantes formas de proceder, que frecuentemente se ignoran.

Comprensión y advertencia al amigo o al colega. Hacerle ver, en discreta intimidad («a solas tú con él»), con claridad («repréndele»), su equivocado proceder para que enderece el camino de su vida. Acudir a la colaboración de un amigo, si la primera gestión no ha dado resultado. Si ni aun con este obrar se logra su conversión y si su pecar escandaliza, no hay que dudar en ejercer la denuncia profética y pública, que hoy puede ser una carta al director de una publicación, una manifestación, una pancarta. Esta manera de obrar deviene exigencia para el mismo que la practica, y frecuentemente es ingrata e incómoda. Por todo ello es más fácil escoger lo que llamamos equivocadamente “caridad cristiana”, que acostumbra a ser puro escapismo, comodidad, cobardía, falsa tolerancia. De hecho, «está reservada la misma pena para los que hacen el mal y para los que lo consienten» (San Bernardo).

Todo cristiano tiene el derecho a solicitar de nosotros los presbíteros el perdón de Dios y de su Iglesia. El psicólogo, en un momento determinado, puede apaciguar su estado de ánimo; el psiquiatra en acto médico puede conseguir vencer un trastorno endógeno. Ambas cosas son muy útiles, pero no suficientes en determinadas ocasiones. Sólo Dios es capaz de perdonar, borrar, olvidar, pulverizar destruyendo, el pecado personal. Y su Iglesia atar o desatar comportamientos, trascendiendo la sentencia en el Cielo. Y con ello gozar de la paz interior y empezar a ser feliz.

En las manos y palabras del presbítero está el privilegio de tomar el pan y que Jesús-Eucaristía realmente sea presencia y alimento. Cualquier discípulo del Reino puede unirse a otro, o mejor a muchos, y con fervor, Fe, coraje y Esperanza, sumergirse en el mundo y convertirlo en el verdadero cuerpo del Jesús-Místico. Y en su compañía acudir a Dios Padre que escuchará las súplicas, pues su Hijo se comprometió a ello, «porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18,20).

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Donde entra María



Donde entra María

Padre Tomás Rodríguez Carbajo


Hay personas atrevidas que se meten en donde nadie les llama, las hay valientes que van a donde
otros no se atreven, no faltan las tímidas que por miedo a molestar no llaman a ninguna puerta; pero las hay correctas que saben ser prudentes para no entremeterse, sin que esto las haga estar ausentes allí donde se las necesita.

Una persona que saber estar siempre a punto, cuando la necesitamos, es María. Como madre siempre está pendiente de nosotros, que somos sus hijos, como poderosa está dispuesta siempre a socorremos, pues, por sus manos pasan todas las gracias, que su Hijo derrama sobre los hombres.

Lo grande de María es que "no se le ha subido a la cabeza" su puesto de Madre del Mesías anunciado
durante siglos, Ella se distingue por su sencillez, no llama la atención, sino libremente ocupa los puestos de servicio, por ejemplo, va a asistir a su prima Isabel, está pendiente dé el apuro en que 
están metidos los novios de Caná para darles una solución rápida y cortés.

María es la aurora que precede al sol radiante, Ella nos augura la presencia de Dios, no sabe prescindir de El, ya que su dignidad le viene de que es la Madre de Dios. No podemos separar a María de Cristo.
Una auténtica condición de la devoción a María es que tiene que ser santa, es decir, que nos tiene 
que ayudar a amar más a Cristo, pues, de lo contrario no nos serviría para nada el acercarnos a
María, si no nos dejásemos guiar por Ella hacia Jesús. ¡Qué bien lo expresa aquella jaculatoria!:

"Todo a Jesús por María

Todo a María para Jesús."

Cuando dejamos que anide en nuestro corazón el tierno amor a María, estamos seguros que Ella se 
encargará de entregamos a su Hijo, porque viene siempre Jesús a donde entra María.


LECTURA BREVE 1Co 13, 8-9, 13



LECTURA BREVE   1Co 13, 8-9, 13

El amor no pasa nunca. El don de predicar se acabará. El don de lenguas enmudecerá. El saber se acabará. Mi conocer es por ahora inmaduro; entonces podré conocer como Dios me conoce. En una palabra: quedan la fe, la esperanza, el amor: éstas tres. La más grande es el amor.

martes, 15 de agosto de 2017

Santo Evangelio 15 de agosto 2017



Día litúrgico: 15 de Agosto: La Asunción de la Virgen María

Texto del Evangelio (Lc 1,39-56): En aquellos días, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo; y exclamando con gran voz, dijo: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí? Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!».

Y dijo María: «Proclama mi alma la grandeza del Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, Santo es su nombre y su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen. Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los que son soberbios en su propio corazón. Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada. Acogió a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia -como había anunciado a nuestros padres- en favor de Abraham y de su linaje por los siglos». María permaneció con ella unos tres meses, y se volvió a su casa.


«Proclama mi alma la grandeza del Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador»
P. Abad Dom Josep ALEGRE Abad de Santa Mª de Poblet 
(Tarragona, España)


Hoy celebramos la solemnidad de la Asunción de Santa María en cuerpo y alma a los cielos. «Hoy —dice san Bernardo— sube al cielo la Virgen llena de gloria, y colma de gozo a los ciudadanos celestes». Y añadirá estas preciosas palabras: «¡Qué regalo más hermoso envía hoy nuestra tierra al cielo! Con este gesto maravilloso de amistad —que es dar y recibir— se funden lo humano y lo divino, lo terreno y lo celeste, lo humilde y lo sublime. El fruto más granado de la tierra está allí, de donde proceden los mejores regalos y los dones de más valor. Encumbrada a las alturas, la Virgen Santa prodigará sus dones a los hombres».

El primer don que te prodiga es la Palabra, que Ella supo guardar con tanta fidelidad en el corazón, y hacerla fructificar desde su profundo silencio acogedor. Con esta Palabra en su espacio interior, engendrando la Vida para los hombres en su vientre, «se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel» (Lc 1,39-40). La presencia de María expande la alegría: «Apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno» (Lc 1,44), exclama Isabel.

Sobre todo, nos hace el don de su alabanza, su misma alegría hecha canto, su Magníficat: «Proclama mi alma la grandeza del Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador...» (Lc 1,46-47). ¡Qué regalo más hermoso nos devuelve hoy el cielo con el canto de María, hecho Palabra de Dios! En este canto hallamos los indicios para aprender cómo se funden lo humano y lo divino, lo terreno y lo celeste, y llegar a responder como Ella al regalo que nos hace Dios en su Hijo, a través de su Santa Madre: para ser un regalo de Dios para el mundo, y mañana un regalo de nuestra humanidad a Dios, siguiendo el ejemplo de María, que nos precede en esta glorificación a la que estamos destinados.

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LECTURA BREVE Ap 12, 1


LECTURA BREVE   Ap 12, 1

Una gran señal apareció en el cielo: una Mujer, vestida de sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza.

La Asunción de la Virgen




LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN

Por Antonio García-Moreno

1.- "El Señor se encolerizó contra Israel: los entregó a tandas de salteadores..." (Jc 2, 14) Con ser ilimitada. La paciencia divina tiene un límite. Así lo ha dispuesto el Señor que es infinitamente sabio y omnipotente...Cuando llega ese límite, estalla la ira de Dios. Entonces el dolor y la angustia irrumpen con fuerza en la existencia humana, aguas turbulentas y caudalosas que todo lo arrasan y lo anegan. Cuando Dios se retira de la vida del hombre, esa vida se convierte en una agonía de muerte que no llega de una vez. Historia de sobresaltos, de lágrimas y de sufrimientos, interminable.

 Sólo queda el recurso de volverse otra vez hacia Dios, sólo en Él puede el hombre encontrar la salvación, el refugio seguro de todos sus miedos y preocupaciones. Esperar y suspirar con el alma lanzada en atrevido vuelo hacia la majestad del Altísimo. Confiar sin tener motivos por uno mismo para ello. Madre mía, esperanza y refugio, ayúdame.

2.- TRIUNFO DE LA MUJER.- San Juan habla con frecuencia de los signos, “semeia” en griego. Incluso, a diferencia de los Sinópticos, llama a los milagros que Jesús realiza con ese término. Así al milagro de Caná le llama “archen ton semeion”, el primero de los signos. De esa forma ve en los prodigios que el Señor realiza una manifestación de su poder y su gloria, una revelación del Misterio de Cristo. Así al narrar el milagro de la multiplicación de los panes y los peces acaba diciendo que Jesucristo es el Pan de vida.

 Es curioso y significativo que en el último de los signos joánicos aparezca, como en el primero, la figura de la Mujer. En Caná intercediendo por aquellos jóvenes esposos y en el Apocalipsis enfrentada al Dragón rojo que intenta matar al hijo que va a nacer. En ambos casos su intervención es providencial. Y lo mismo que consiguió que Jesús convirtiera el agua en vino, de la misma forma conseguirá vencer al Demonio y salvar a sus hijos.

3.- TRIUNFO DE MARÍA.- "Cristo resucitó de entre los muertos como primicia de los que durmieron" (1 Co 15, 20) Jesús abatió a la muerte. Su poder divino devolvió la vida a su cuerpo muerto. Se iniciaba así el desfile triunfal de los vencedores. Es cierto que cuantos van tras de él, para alcanzar la plenitud del triunfo con la participación en la gloria del propio cuerpo, han de esperar aún al último día, cuando el Señor vuelva glorioso a juzgar vivos y muertos. Sin embargo, hay una excepción que confirma esa regla, María Santísima.

En efecto, lo mismo que nadie como ella participó de los sufrimientos del Redentor, de la misma forma nadie como ella debía participar de la victoria de Cristo. Por otra parte, ella fue concebida sin pecado y, por tanto, era lógico que no sucumbiera al poder de la muerte como los demás hombres. Así lo reconocieron los cristianos desde los primeros tiempos. Por fin, la Iglesia se pronunció solemnemente y por medio del Papa Pío XII declaró el dogma de la Asunción de María en cuerpo y alma a los cielos.

lunes, 14 de agosto de 2017

Santo Evangelio 14 de agosto 2017



Día litúrgico: Lunes XIX del tiempo ordinario

Santoral 14 de Agosto: San Maximiliano Mª Kolbe, presbítero y mártir

Texto del Evangelio (Mt 17,22-27): En aquel tiempo, yendo un día juntos por Galilea, Jesús dijo a sus discípulos: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; le matarán, y al tercer día resucitará». Y se entristecieron mucho. 

Cuando entraron en Cafarnaúm, se acercaron a Pedro los que cobraban el didracma y le dijeron: «¿No paga vuestro Maestro el didracma?». Dice él: «Sí». Y cuando llegó a casa, se anticipó Jesús a decirle: «¿Qué te parece, Simón?; los reyes de la tierra, ¿de quién cobran tasas o tributo, de sus hijos o de los extraños?». Al contestar él: «De los extraños», Jesús le dijo: «Por tanto, libres están los hijos. Sin embargo, para que no les sirvamos de escándalo, vete al mar, echa el anzuelo, y el primer pez que salga, cógelo, ábrele la boca y encontrarás un estárter. Tómalo y dáselo por mí y por ti».


«Yendo un día juntos por Galilea»
P. Joaquim PETIT Llimona, L.C. 
(Barcelona, España)


Hoy, la liturgia nos ofrece diferentes posibilidades para nuestra consideración. Entre éstas podríamos detenernos en algo que está presente a lo largo de todo el texto: el trato familiar de Jesús con los suyos.

Dice san Mateo que Jesús y los discípulos iban «yendo un día juntos por Galilea» (Mt 17,22). Pudiera parecer algo evidente, pero el hecho de mencionar que iban juntos nos muestra cómo el evangelista quiere remarcar la cercanía de Cristo. Luego les abre su Corazón para confiarles el camino de su Pasión, Muerte y Resurrección, es decir, algo que Él lleva muy adentro y que no quiere que, aquellos a quienes tanto ama, ignoren. Posteriormente, el texto recoge el episodio del pago de los impuestos, y también aquí el evangelista nos deja entrever el trato de Jesús, poniéndose al mismo nivel que Pedro, contraponiendo a los hijos (Jesús y Pedro) exentos del pago y los extraños obligados al mismo. Cristo, finalmente, le muestra cómo conseguir el dinero necesario para pagar no sólo por Él, sino por los dos y no ser, así, motivo de escándalo.

En todos estos rasgos descubrimos una visión fundamental de la vida cristiana: es el afán de Jesús por estar con nosotros. Dice el Señor en el libro de los Proverbios: «Mi delicia es estar con los hijos de los hombres» (Prov 8,31). ¡Cómo cambia, esta realidad, nuestro enfoque de la vida espiritual en la que a veces ponemos sólo la atención y el acento en lo que nosotros hacemos, como si eso fuera lo más importante! La vida interior ha de centrase en Cristo, en su amor por nosotros, en su entrega hasta la muerte por mí, en su constante búsqueda de nuestro corazón. Muy bien lo expresaba san Juan Pablo II en uno de sus encuentros con los jóvenes: el Papa exclamó con voz fuerte «¡Miradle a Él!».

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LECTURA BREVE Rm 6, 22



LECTURA BREVE   Rm 6, 22

Ahora, libertados del dominio del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis como fruto la santidad, y como desenlace la vida eterna.

Distinta



Distinta

Patricio García Barriuso CMF


La Virgen es distinta de todos. Una acabada y redonda biografía de la Señora debiera comenzar por donde todo tiene inicio: el corazón de Dios. Porque una es la historia que escriben los otros de nosotros mismos, otra la que hacemos los humanos cuando contamos nuestra vida, y una tercera bien distinta pero enteramente verdadera que es la que narra amorosamente Dios. El anota en su libro, como dice el salmo, nuestra vida errante y acoge nuestras lágrimas en su odre. El fue anotando... y un ángel a nosotros nos lo fue contando. "Dios te salve, María, llena de gracia; el Señor está contigo; bendita tú entre todas las mujeres". ¿Para qué seguir copiando? Sencillamente, distinta. Otra. Mejor. Pura transparencia de Dios. Si una gota de agua tiene más de Dios que de agua, ¿cuánto de Dios no tendría María? María escucha a un ángel, pero hace sobre todo su voluntad; va a visitar a su prima, pero no le lleva problemas sino alegría; asiste a una boda, pero no está atenta a divertirse sino a que no falte nada a los demás; no crea angustias a su Hijo en la cruz sino que le ayuda a morir en paz. Desde aquel encuentro con el ángel su fe no fue igual. ¿Cómo sería ya nada igual si la vida cambia con solo mirar una estatua de Grecia o unos ojos de mujer o un atardecer bajo los castaños cansados de una vieja ciudad? María fue distinta porque la miró Dios. María sigue siendo distinta, pero no ofende. María es distinta, pero no distante. Si Ella a todos nosotros nos mirase... Santa María distinta de todos, pero mejor que ninguno, mira por nosotros.



domingo, 13 de agosto de 2017

Santo Evangelio 13 de agosto 2017



Día litúrgico: Domingo XIX (A) del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 14,22-33): Después que se sació la gente, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla mientras él despedía a la gente. Y después de despedir a la gente subió al monte a solas para orar. Llegada la noche estaba allí solo. Mientras tanto la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. 

De madrugada se les acercó Jesús andando sobre el agua. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma. Jesús les dijo en seguida: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!». Pedro le contestó: «Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua». Él le dijo: «Ven». Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: «Señor, sálvame». En seguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: «¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?». En cuanto subieron a la barca amainó el viento. Los de la barca se postraron ante Él diciendo: «Realmente eres Hijo de Dios».


«Empezó a hundirse y gritó: ‘Señor, sálvame’»
Rev. D. Joaquim MESEGUER García 
(Sant Quirze del Vallès, Barcelona, España)


Hoy, la experiencia de Pedro refleja situaciones que hemos experimentado también nosotros más de una vez. ¿Quién no ha visto hacer aguas sus proyectos y no ha experimentado la tentación del desánimo o de la desesperación? En circunstancias así, debemos reavivar la fe y decir con el salmista: «Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación» (Sal 85,8). 

Para la mentalidad antigua, el mar era el lugar donde habitaban las fuerzas del mal, el reino de la muerte, amenazador para el hombre. Al “andar sobre el agua” (cf. Mt 14,25), Jesús nos indica que con su muerte y resurrección triunfa sobre el poder del mal y de la muerte, que nos amenaza y busca destrozarnos. Nuestra existencia, ¿no es también como una frágil embarcación, sacudida por las olas, que atraviesa el mar de la vida y que espera llegar a una meta que tenga sentido? 

Pedro creía tener una fe clara y una fuerza muy consistente, pero «empezó a hundirse» (Mt 14,30); Pedro había asegurado a Jesús que estaba dispuesto a seguirlo hasta morir, pero su debilidad lo acobardó y negó al Maestro en los hechos de la Pasión. ¿Por qué Pedro se hunde justo cuando empieza a andar sobre el agua? Porque, en vez de mirar a Jesucristo, miró al mar y eso le hizo perder fuerza y, a partir de ese instante, su confianza en el Señor se debilitó y los pies no le respondieron. Pero, Jesús «le extendió la mano [y] lo agarró» (Mt 14,31) y lo salvó.

Después de su resurrección, el Señor no permite que su apóstol se hunda en el remordimiento y la desesperación y le devuelve la confianza con su perdón generoso. ¿A quién miro yo en el combate de la vida? Cuando noto que el peso de mis pecados y errores me arrastra y me hunde, ¿dejo que el buen Jesús alargue su mano y me salve?

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Discípula de Jesús


Discípula de Jesús

Padre Pablo Largo Domínguez cmf


La relación de María con Jesús no se agota en la maternidad que considerábamos en el artículo anterior. Una tradición más o menos larga la ha visto como compañera del Redentor, y el Vaticano II la presenta también así, como podremos examinar otro día. Hoy nos asomamos a un nuevo título de María en su relación con Jesús, el de discípula. Es título bastante reciente, al menos en cuanto a su amplia divulgación.

Don e intercambio

            En una buena relación se dan estas dos modalidades: el intercambio y el puro don. Pero el caso es que, incluso desde una perspectiva humana, el puro don suele tener una paga inesperada. Eso aparece, si no siempre, sí en muchos casos; en concreto, en el caso de la maternidad. Escribía el médico A. Carrell hace 80 años: «las hembras, al menos las mamíferas, no parecen alcanzar su completo desarrollo hasta después de uno o dos partos. Las mujeres que no tienen hijos no están tan bien equilibradas y se vuelven más nerviosas que las demás. En suma, la presencia del feto, cuyos tejidos difieren grandemente de los suyos propios porque son jóvenes y son, en parte, de su marido, actúan profundamente sobre la mujer. La importancia que tiene para ella la función generadora no ha sido suficientemente reconocida. Esta función es indispensable para su óptimo desarrollo». Los entendidos dirán si se pueden suscribir hoy todas estas afirmaciones del antiguo nobel de Medicina. Pero basta que el párrafo sea globalmente verdad para poder afirmar: en el primer ejercicio de la maternidad de María no sólo recibe el Hijo; también ella recibe, tanto en el aspecto biológico como en el psicológico.

Añadamos ahora las nuevas experiencias, ocupaciones, responsabilidades, desvelos y expectativas a que tal relación da lugar. A través de todo este cúmulo de elementos que integran una maternidad asumida a fondo, María se hace a sí misma. El suyo es un desvivirse que le da vida. En ella viene a cumplirse la máxima evangélica de que quien da su vida por Jesús y por el evangelio, la está ganando. En un primer nivel, puramente humano, y a través del amplio y variado juego de complicidades y tensiones entre ella y Jesús, casi resulta ser ya María lo que de ella afirmaba Dante en el orden teologal: hija de su Hijo.

Jesús le da que pensar

            Veamos más ganancias concretas, en las que María cuenta casi ya como discípula. Hay dos episodios de la vida del niño que, en la presentación lucana, son estímulo e impulso para la reflexión de la madre: el del nacimiento y el de la peregrinación a Jerusalén con Jesús llegado a la edad de doce años. En ambas ocasiones dice el evangelista que María guardaba todo aquello y le daba vueltas en su corazón. Como afirma un teólogo, «el cora­zón de María aparece como la cuna de toda la medi­tación cristiana sobre los misterios de Cristo». Jesús era un niño que le daba mucho que pensar a la madre. Dar que hacer y dar que pensar complican la vida, pero así es como la hacen rica y compleja. Si bien se mira, son verdaderos dones, o se prestan a ser tomados por tales.

            Entremos ahora en la vida adulta de Jesús. Ciertos pasajes evangélicos, calificados a veces de antimariológicos (Mc 3,21.31-35 par.; Lc 11,27-28; Jn 2,1-10), nos remiten a aprendizajes quizá difíciles y dolorosos que habría de hacer María. Especial importancia reviste el primero, en que los parientes de Jesús, y con ellos probablemente María, quieren llevárselo consigo. Cuando él deja Nazaret y emprende su ministerio, María tendrá que aceptar ciertas renuncias que una madre posesiva no sufriría, o toleraría de muy mala gana. No le está permitido mantener una relación madre-hijo que a Jesús fuerce a continuar a su lado e impida su autonomía. Formuladas las cosas en términos antitéticos, ella se tiene que decir: “conviene que mi maternidad mengüe y que la paternidad de Dios crezca; conviene que la dependencia filial de Jesús respecto de mí disminuya y que su dependencia filial respecto de Dios aumente. Comienza para él un nuevo tiempo vital, y yo he de aceptar los despojos que tal situación entraña para mí”. De esta suerte, la vieja familia natural deja el paso, quizá entre dolores de parto, a la familia escatológica que Jesús está fundando. En este sentido, Pablo VI afirmará en la Marialis cultus que María no aparece “como una madre celosamente replegada sobre su propio Hijo divino”; al contrario, le deja ser y hacer.

            Cierta exégesis feminista entiende de modo especial este episodio de Marcos. Desde una ética del cuidado atento –dicen–, María intenta proteger la vida preciosa de su hijo. Quiere persuadirle de que abandone la peligrosa línea de fuego en que se halla, a fin de eludir la más que previsible violencia que Roma descargará sobre él. Puede aceptarse esta sugerencia a título de hipótesis; en todo caso, la ética del cuidado debe ceder el paso a la ética del Reino, con los riesgos que entrañe.

Discípula

            Desconocemos los modos y tiempos, pero María recorre un camino de discipulado. Porque pasa de una fe y un credo (los del Primer Testamento) a las novedades de otra fe y otro credo que irrumpen con Jesús (los del Nuevo Testamento); porque pasa de una familia, la natural y la de Israel, a una nueva familia, que va más allá a las otras dos: la familia del Reino, en la que los lazos de la sangre ceden ante el nuevo vínculo que es el querer de Dios en este preciso y decisivo momento de la historia; porque pasa de un mundo de ideas y valores (el de la antigua Alianza) a un nuevo mundo de sentido y valores, como aparece plasmado en el discurso del monte: pasa del “oísteis que se dijo” al “yo os digo”. Entra en la escuela de Jesús, en la nueva familia de Jesús, y ahora sí que es discípula y es más a fondo y más en la entraña hija de su Hijo. Cierto: hijo criado, trabajo doblado; sólo que este trabajo es como un nuevo parto de sí misma, un estirón hacia lo todavía más alto, una ascensión hacia la cima de la propia verdad que el Padre le sigue regalando en Jesús.

            ¿Conoció María grandes cambios, fuertes sacudidas y hasta reales desgarros interiores en este proceso de discípula? Lo ignoramos. No tenía por qué gozar de una infalibilidad absoluta en todo, y también en esto es hermana nuestra, aunque a su modo. Algún que otro escritor de la época patrística le reprocha ciertas conductas (prisa inoportuna en Caná, ostentación o ansia de gloria, duda); pero la tradición común y el Concilio de Trento enseñan que no cometió pecado. Esperamos formular mejor lo que aquellos antiguos escritores quisieron decir si explicamos las cosas de este modo: María pudo cometer errores inculpables, sea por haber hecho cálculos equivocados, o por haber aceptado prejuicios sociales sin someterlos a una crítica radical, o por cualquier otra causa. Son errores puramente “materiales”, si ella es auténtica buscadora de la verdad, reconoce concreta y vitalmente que ésta la rebasa, está pronta a rectificar opiniones infundadas y falsas, ama la verdad más que su propio mundo de ideas, no intenta inmunizarse frente a lo que pone en cuestión su forma de pensar. Eso es lo decisivo para afirmar que, cualesquiera que sean los errores en que incurriera de hecho, su limpio corazón nunca pecó, de derecho, contra la verdad. Así aparece a la vez como hermana nuestra (humano es equivocarse) y como discípula modelo.

Fuente:  autorescatolicos.org


Acudamos como Pedro al Señor



ACUDAMOS COMO PEDRO AL SEÑOR.

Por Antonio García-Moreno

1.- SILENCIO.- El libro primero de los Reyes recoge uno de los peores momentos de la vida del profeta Elías. La reina pagana Jezabel le persigue con saña inaudita, queriendo vengarse a toda costa de ese hombre que ha vencido a los seudoprofetas del dios Baal. Elías, atemorizado, emprende la ruta del desierto, se esconde en el monte, como un fugitivo al que están a punto de darle alcance sus perseguidores. Y al llegar al monte Horeb, se refugia en una cueva, buscando en la soledad la cercanía de Dios.

Elías comprende que sólo del Señor le puede venir el consuelo para su amargura; sólo en él puede encontrar la fortaleza necesaria para seguir caminando cuesta arriba. Por eso huye de los hombres y se interna en el misterio recóndito de la intimidad de Dios. Y Dios le espera ahí, en esa soledad serena. Como te espera a ti que, quizás, no acabes de refugiarte en Él... Buscar a Dios, hasta encontrarle en la soledad de nuestra habitación, en la lejanía de la montaña, o en la cercanía del río, en la compañía de sólo árboles, sol y agua. Buscar a Dios, llegar hasta él, acudir cada día, por unos momentos al menos, a esa cita, siempre abierta, de este Jesús Señor nuestro que siempre aguarda nuestra llegada.

Elías espera la llegada de Dios, sumergido en el silencio de la montaña. Y de pronto el viento se levanta violento, un huracán que hace crujir las rocas. Pero allí no estaba Dios. Luego la tierra comienza a temblar y a resquebrajarse en profundas grietas. Y tampoco en el terremoto estaba Dios. Apenas se calla el rugido de la tierra, cuando comienzan a crepitar en llamas los árboles de la ladera. Pero tampoco en el fuego estaba Dios.

Es una brisa tenue, un susurro de las ramas, un silencio apenas roto. Y Elías se postra en tierra, consternado y exultante al sentir la cercanía de Dios... De siempre el espíritu del hombre ha necesitado el silencio para escuchar la voz de Dios. En efecto, el silencio no es sólo un sedante para los nervios y un reposo para nuestras facultades psíquicas, es también el clima habitual donde Dios se nos comunica. Aunque a veces es posible que la voz del Señor nos llegue en medio del fragor de la vida corriente. Pero de ordinario, y Dios así lo quiere, hay que buscarlo en la soledad, en el silencio de una iglesia, en la calma del amanecer, en la tarde serena y callada. Junto al río, en la montaña, cara al cielo, en el silencio.

2.- ¡SEÑOR, SÁLVAME! - Jesús se nos muestra con frecuencia recogido en oración. Él que venía a enseñar a los hombres estando en medio de ellos, se retiraba a menudo para estar a solas con el Padre. Ese gesto ya era un modo claro de enseñarnos que hemos de retirarnos a la soledad para hablar con nuestro Padre.

Se ha dicho, y es verdad, que la oración es como el respirar del alma. En efecto, es imposible vivir una vida interior seria, de íntima unión con Dios, si no se hace mucha oración. Por otra parte, y dicho de otra manera, es imposible alcanzar la perfección cristiana sin hacer oración. Quizás por eso hay pocos santos, porque no hay muchos que hagan oración.

La oración es descanso del alma, fortaleza del espíritu, serenidad y confianza en medio de las más arduas dificultades. Orar es acercarse a Dios, hablarle, comunicarse con Él. De ahí que la oración levante el ánimo y alegre el corazón, ilumine nuestro camino y nos capacite para recorrerlo.

El texto nos narra también que los apóstoles bogaban en medio del mar encrespado, que el viento y las aguas estaban a punto de hundirles la barca. En aquella noche cerrada, las olas se agitaban y los vientos les eran contrarios. Jesús se les acerca entonces. Atónitos contemplan cómo anda sobre las aguas. Es un fantasma, gritan aterrados. Pero el Señor exclama: Ánimo, soy yo, no tengáis miedo. Fueron unos momentos que luego han pasado a ser un símbolo para todos los que se encuentran en medio de un peligro similar, esos momentos en los que parece que todo está perdido y nos hundimos en medio de la oscuridad que nos rodea. Entonces hemos de escuchar cómo también a nosotros nos dice que no tengamos miedo. Sí, el Señor está siempre cerca y nos anima.

Pedro, como tantas veces, intervino de modo un tanto atrevido. Y se pone a caminar sobre las aguas, hacia Jesús que le espera. Se sostiene por unos momentos, pero de pronto duda y comienza a hundirse. ¡Señor, sálvame!, grita asustado... Qué poca fe. Como tú y yo tantas veces. Pero no importa, acudamos como Pedro al Señor. También a nosotros nos tomará de la mano cuando todo parezca perdido y nos salvará.

sábado, 12 de agosto de 2017

Santo Evangelio 12 de agosto 2017



Día litúrgico: Sábado XVIII del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 17,14-20): En aquel tiempo, se acercó a Jesús un hombre que, arrodillándose ante Él, le dijo: «Señor, ten piedad de mi hijo, porque es lunático y está mal; pues muchas veces cae en el fuego y muchas en el agua. Se lo he presentado a tus discípulos, pero ellos no han podido curarle». Jesús respondió: «¡Oh generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo habré de soportaros? ¡Traédmelo acá!». Jesús le increpó y el demonio salió de él; y quedó sano el niño desde aquel momento. 

Entonces los discípulos se acercaron a Jesús, en privado, y le dijeron: «¿Por qué nosotros no pudimos expulsarle?». Díceles: «Por vuestra poca fe. Porque yo os aseguro: si tenéis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: “Desplázate de aquí allá”, y se desplazará, y nada os será imposible».


«Si tenéis fe como un grano de mostaza (...) nada os será imposible»
Rev. D. Fidel CATALÁN i Catalán 
(Terrassa, Barcelona, España)


Hoy, una vez más, Jesús da a entender que la medida de los milagros es la medida de nuestra fe: «Yo os aseguro: si tenéis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: “Desplázate de aquí allá”, y se desplazará» (Mt 17,20). De hecho, como hacen notar san Jerónimo y san Agustín, en la obra de nuestra santidad (algo que claramente supera a nuestras fuerzas) se realiza este “desplazarse el monte”. Por tanto, los milagros ahí están y, si no vemos más es porque no le permitimos hacerlos por nuestra poca fe.

Ante una situación desconcertante y a todas luces incomprensible, el ser humano reacciona de diversas maneras. La epilepsia era considerada como una enfermedad incurable y que sufrían las personas que se encontraban poseídas por algún espíritu maligno.

El padre de aquella criatura expresa su amor hacia el hijo buscando su curación integral, y acude a Jesús. Su acción es mostrada como un verdadero acto de fe. Él se arrodilla ante Jesús y lo impreca directamente con la convicción interior de que su petición será escuchada favorablemente. La manera de expresar la demanda muestra, a la vez, la aceptación de su condición y el reconocimiento de la misericordia de Aquél que puede compadecerse de los otros.

Aquel padre trae a colación el hecho de que los discípulos no han podido echar a aquel demonio. Este elemento introduce la instrucción de Jesús haciendo notar la poca fe de los discípulos. Seguirlo a Él, hacerse discípulo, colaborar en su misión pide una fe profunda y bien fundamentada, capaz de soportar adversidades, contratiempos, dificultades e incomprensiones. Una fe que es efectiva porque está sólidamente enraizada. En otros fragmentos evangélicos, Jesucristo mismo lamenta la falta de fe de sus seguidores. La expresión «nada os será imposible» (Mt 17,20) expresa con toda la fuerza la importancia de la fe en el seguimiento del Maestro.

La Palabra de Dios pone delante de nosotros la reflexión sobre la cualidad de nuestra fe y la manera cómo la profundizamos, y nos recuerda aquella actitud del padre de familia que se acerca a Jesús y le ruega con la profundidad del amor de su corazón.

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Dios te salve, María...



Dios te salve, María...

Ornella Accatino


El mundo entero te saluda como a su Reina
y como a la creatura más sublime.
Por eso te repiten sin cesar:
¡DIOS TE SALVE, MARIA!

Vos sos la auténtica triunfadora sobre el Mal.
Estás siempre presente
en todas las empresas limpias,
en todos los sueños puros,
en todas las sonrisas sinceras.Por eso te decimos sin temor a exagerar:
¡LLENA ERES DE GRACIA!

Estás sobre los ángeles y arcángeles,
sobre las nubes y sobre las estrellas.
Pero igualmente te encontramos
en esa niña que fuiste,
en el amor de esa joven que vos sentiste,
en el sufrimiento de ese perseguido político
que vos experimentaste,
en la soledad de esa madre
de hijo ajusticiado por la que pasaste,
en las penurias de quien tiene que vivir
-como vos viviste- con un jornal de hambre,
en la vejez de quien se acoge
en la casa de otro como te cobijaste vos.
Estás con todos y por eso gritamos:
¡EL SEÑOR ESTA CONTIGO!

Porque dejaste hacer al Señor Dios,
porque conservabas todo
-todo lo que no entendías- para meditarlo luego en tu corazón.
Porque creíste, porque callaste, porque no figuraste, dos mil años después de todo eso te seguimos diciendo:
¡BENDITA TU ERES ENTRE TODAS LAS MUJERES!

Lo tuyo, María, siempre fue llevar hacia tu hijo.
Se lo mostraste a los buenos pastores, a los opulentos magos,
a los boquiabiertos camareros de Caná, a los primeros cristianos,
a Don Bosco, a María Mazzarello, a Laurita, a nosotros...
Por eso ahora, al bendecirte, añadimos:
¡Y BENDITO EL FRUTO DE TU VIENTRE, JESUS!

Privilegios, títulos, advocaciones o simples piropos
te han envuelto, Madre,
desde el primer instante de tu lnmaculada Concepción.
Fuiste la Madre, la Maestra y la Auxiliadora;
sin embargo, sabemos que todo se sustenta
en el hecho misterioso de que seas:
¡SANTA MARIA, MADRE DE DIOS!

Sos el cauce, sos el canal,
sos la Medianera Universal de todas las gracias que nos regala Dios.
Sos la Madre que un día nos engendró a la vida de gracia
y que lo seguirás siendo en el momento de nuestra entrega definitiva.
Por eso clamamos finalmente:

RUEGA POR NOSOTROS –PECADORES-AHORA Y EN LA HORA DE NUESTRA MUERTE.
¡AMEN!

LECTURA BREVE 1R 2, 2b-3



LECTURA BREVE   1R 2, 2b-3

Esfuérzate y sé hombre. Sé fiel al Señor tu Dios marchando por sus caminos, guardando sus mandamientos, sus leyes y sus preceptos, como están escritos en la ley de Moisés, para que seas afortunado en cuanto hicieras y dondequiera que vayas.

Gozos a la Virgen del Carmen



GOZOS A LA VIRGEN DEL CARMEN

Prodigioso y admirable
Imán de nuestro desvelo;
Nubecilla del Carmelo,
Sednos protectora y Madre.
Salve, Reina de los, cielos,
De misericordia Madre,
Vida y dulzura divina;
Esperanza nuestra, Salve;

Nubecilla del Carmelo,.
Dios te Salve, Templo hermoso
Del divino Verbo en carne,
Sálvete Dios, Madre Virgen,
Pues eres Virgen y Madre;

Nubecilla del Carmelo,
Volvednos, Madre piadosa,
Vuestros ojos admirables,
Y mirad por vuestros hijos,
Pues que sois piadosa Madre;

Nubecilla del Carmelo,
Socorrednos, pues escucha
Que en las penas y combates
A ti suspiramos todos
En este lloroso valle;

Nubecilla del Carmelo,.
Mostradnos a vuestro Hijo
De Josafat en el Valle,
Piadoso, pues que nació
De ese cristal admirable;

Nubecilla del Carmelo,.
Rogad por vuestros devotos
A la bondad inefable;
Pues murió para salvarnos,
Por su clemencia nos salve;

Nubecilla del Carmelo,
Sednos protectora y Madre.
V. Ruega por nos, santa Madre de Dios.
R. Para que seamos dignos de las promesas de Jesucristo

viernes, 11 de agosto de 2017

Santo Evangelio 11 de agosto 2017



Día litúrgico: Viernes XVIII del tiempo ordinario

Santoral 11 de Agosto: Santa Clara de Asís, virgen

Texto del Evangelio (Mt 16,24-28): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará. Pues, ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? O, ¿qué puede dar el hombre a cambio de su vida? Porque el Hijo del hombre ha de venir en la gloria de su Padre, con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta. Yo os aseguro: entre los aquí presentes hay algunos que no gustarán la muerte hasta que vean al Hijo del hombre venir en su Reino».


«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame»
Rev. D. Pedro IGLESIAS Martínez 
(Rubí, Barcelona, España)



Hoy, el Evangelio nos sitúa claramente frente al mundo. Es radical en su planteamiento, no admite medias tintas: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Mt 16,24). En numerosas ocasiones, frente al sufrimiento generado por nosotros mismos o por otros, oímos: «Debemos soportar la cruz que Dios nos manda... Dios lo quiere así...», y vamos acumulando sacrificios como cupones pegados en una cartilla, que presentaremos en la auditoria celestial el día que nos toque rendir cuentas.

El sufrimiento no tiene valor en sí mismo. Cristo no era un estoico: tenía sed, hambre, cansancio, no le gustaba que le abandonaran, se dejaba ayudar... Donde pudo alivió el dolor, físico y moral. ¿Qué pasa entonces? 

Antes de cargar con nuestra “cruz”, lo primero, es seguir a Cristo. No se sufre y luego se sigue a Cristo... A Cristo se le sigue desde el Amor, y es desde ahí desde donde se comprende el sacrificio, la negación personal: «Quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará» (Mt 16,25). Es el amor y la misericordia lo que conduce al sacrificio. Todo amor verdadero engendra sacrificio de una u otra forma, pero no todo sacrificio engendra amor. Dios no es sacrificio; Dios es Amor, y sólo desde esta perspectiva cobra sentido el dolor, el cansancio y las cruces de nuestra existencia tras el modelo de hombre que el Padre nos revela en Cristo. San Agustín sentenció: «En aquello que se ama, o no se sufre, o el mismo sufrimiento es amado».

En el devenir de nuestra vida, no busquemos un origen divino para los sacrificios y las penurias: «¿Por qué Dios me manda esto?», sino que tratemos de encontrar un “uso divino” para ello: «¿Cómo podré hacer de esto un acto de fe y de amor?». Es desde esta posición como seguimos a Cristo y como —a buen seguro— nos hacemos merecedores de la mirada misericordiosa del Padre. La misma mirada con la que contemplaba a su Hijo en la Cruz.

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Dios te Salve María...



Dios te Salve María...

Padre Marcelo Rivas Sánchez 

 Dios te salve María… porque recibiste con libertad de acción en tu fe y en tu seno al Salvador del mundo.  

Dios te salve María… porque supiste decir “fiat”, no de forma pasiva, sino activa y con conciencia de acogida y colaboración.  

Dios te salve María… porque Dios pudo encontrar en el vientre de María un lugar apto y lleno de amor.  

Dios te salve María… porque en medio de su juventud respondió tan competente que los mimos pastores fueron a ver.  

Dios te salve María… porque aquel sol que sale de lo alto alumbró con su luz a todos los pueblos para que los ángeles dijeran “Gloria a Dios en el cielo y en la tierra a los hombre de buena voluntad”  

Dios te salve María… porque llena de la gracia de Dios se preparó afectiva y mentalmente para recibirlo y acogerlo con fuerza en su vida.  

Dios te salve María… porque abrió su corazón, de par en par, en la fuerza del Espíritu Santo para darle a Jesús cuerpo humano.  

Dios te salve María… porque la alcoba nupcial fue preparada con oraciones, con la palabra viva, con una familia de valores cristianos y con la preocupación que no se desmoronó en la impaciencia.  

Dios te salve María… por ser madre, esposa y esclava que unida a la confianza para decirle, desde siempre, al pecado que no.  

Dios te salve María… porque al hacerse madre de Cristo se hizo madre de toda gracia, de toda necesidad, de toda misericordia y de todo el amor que desde la cruz al Señor clavó.  

Dios te salve María… porque miró con ojos, brillantes de esperanza, el horizonte que, va más allá, del humilde pesebre, del correr de las manos de Herodes y de aquella hora de la traición.  

Dios te salve María… porque en cada día, junto a José, logró alabar a Dios en unidad perfecta de amor.  

Dios te salve María… porque al pie de la cruz, en vez de llorar, comprendiste de la mano de Juan ser madre de Dios y madre nuestra por siempre.  

Dios te salve María… porque en los afanes de la muerte de tu hijo, junto a los discípulos, aguardaste la sorpresa de la Resurrección.  


Dios te salve María… porque nada ni nadie hicieron enfriar tu corazón de fe y en aquella catacumba oscura encendiste una vela de ilusión y fervor.
  
Dios te salve María… porque en reunión de oración aguardó con fe la vuelta de su hijo, esperanza de salvación.  

Dios te salve María… porque en la naciente Iglesia Pedro supo pedir perdón para que tu hijo lo nombrara roca de lucha y dolor.
  
Dios te salve María… porque hoy, y para siempre, tus hijos con el rezo del santo rosario te siguen diciendo: Dios te salve María llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita tu eres, entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros los pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén 

LECTURA BREVE Ba 4, 28-29



LECTURA BREVE   Ba 4, 28-29

Como os inclinasteis a apartaros de Dios, así convertidos lo buscaréis diez veces más, pues el que trajo sobre vosotros el castigo, os traerá con la redención la eterna alegría.

jueves, 10 de agosto de 2017

Santo Evangelio 10 de agosto 2017



Día litúrgico: 10 de Agosto: San Lorenzo, diácono y mártir

Texto del Evangelio (Jn 12,24-26): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto. El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna. Si alguno me sirve, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor. Si alguno me sirve, el Padre le honrará».


«Si alguno me sirve, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor»
Rev. D. Antoni CAROL i Hostench 
(Sant Cugat del Vallès, Barcelona, España)



Hoy, la Iglesia —mediante la liturgia eucarística que celebra al mártir romano san Lorenzo— nos recuerda que «existe un testimonio de coherencia que todos los cristianos deben estar dispuestos a dar cada día, incluso a costa de sufrimientos y de grandes sacrificios» (San Juan Pablo II).

La ley moral es santa e inviolable. Esta afirmación, ciertamente, contrasta con el ambiente relativista que impera en nuestros días, donde con facilidad uno adapta las exigencias éticas a su personal comodidad o a sus propias debilidades. No encontraremos a nadie que nos diga: —Yo soy inmoral; —Yo soy inconsciente; —Yo soy una persona sin verdad... Cualquiera que dijera eso se descalificaría a sí mismo inmediatamente.

Pero la pregunta definitiva sería: ¿de qué moral, de qué conciencia y de qué verdad estamos hablando? Es evidente que la paz y la sana convivencia sociales no pueden basarse en una “moral a la carta”, donde cada uno tira por donde le parece, sin tener en cuenta las inclinaciones y las aspiraciones que el Creador ha dispuesto para nuestra naturaleza. Esta “moral”, lejos de conducirnos por «caminos seguros» hacia las «verdes praderas» que el Buen Pastor desea para nosotros (cf. Sal 23,1-3), nos abocaría irremediablemente a las arenas movedizas del “relativismo moral”, donde absolutamente todo se puede pactar y justificar.

Los mártires son testimonios inapelables de la santidad de la ley moral: hay exigencias de amor básicas que no admiten nunca excepciones ni adaptaciones. De hecho, «en la Nueva Alianza se encuentran numerosos testimonios de seguidores de Cristo que (...) aceptaron las persecuciones y la muerte antes que hacer el gesto idolátrico de quemar incienso ante la estatua del Emperador» (San Juan Pablo II).

En el ambiente de la Roma del emperador Valeriano, el diácono «san Lorenzo amó a Cristo en la vida, imitó a Cristo en la muerte» (San Agustín). Y, una vez más, se ha cumplido que «el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna» (Jn 12,25). La memoria de san Lorenzo, afortunadamente para nosotros, quedará perpetuamente como señal de que el seguimiento de Cristo merece dar la vida, antes que admitir frívolas interpretaciones de su camino.

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Oración por las benditas almas del purgatorio


miércoles, 9 de agosto de 2017

Santo Evangelio 29 de agosto 2017


Día litúrgico: Miércoles XVIII del tiempo ordinario

Santoral 9 de Agosto: Santa Teresa Benedicta de la Cruz, patrona de Europa
Texto del Evangelio (Mt 15,21-28): En aquel tiempo, Jesús se retiró hacia la región de Tiro y de Sidón. En esto, una mujer cananea, que había salido de aquel territorio, gritaba diciendo: «¡Ten piedad de mí, Señor, hijo de David! Mi hija está malamente endemoniada». Pero Él no le respondió palabra. Sus discípulos, acercándose, le rogaban: «Concédeselo, que viene gritando detrás de nosotros». Respondió Él: «No he sido enviado más que a las ovejas perdidas de la casa de Israel». Ella, no obstante, vino a postrarse ante Él y le dijo: «¡Señor, socórreme!». Él respondió: «No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos». «Sí, Señor -repuso ella-, pero también los perritos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos». Entonces Jesús le respondió: «Mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas». Y desde aquel momento quedó curada su hija.


«Mujer, grande es tu fe»
Rev. D. Jordi CASTELLET i Sala 
(Sant Hipòlit de Voltregà, Barcelona, España)


Hoy escuchamos a menudo expresiones como “ya no queda fe”, y lo dicen personas que piden a nuestras comunidades el bautizo de sus hijos o la catequesis de los niños o el sacramento del matrimonio. Esta palabra ve el mundo en negativo, muestra el convencimiento de que cualquier tiempo pasado fue mejor y que ahora estamos al final de una etapa en la que no hay nada nuevo que decir, ni tampoco nada nuevo por hacer. Evidentemente, se trata de personas jóvenes que, en su mayoría, ven con un cierto tono de tristeza que el mundo ha cambiado tanto, desde sus padres, que quizás vivían una fe más popular, que ellos no se han sabido adaptar. Esta experiencia les deja insatisfechos y sin capacidad de reacción cuando, de hecho, quizás están a la entrada de una nueva etapa que conviene aprovechar.

Este pasaje del Evangelio capta la atención de aquella madre cananea que pide una gracia para su hija, reconociendo en Jesús al Hijo de David: «¡Ten piedad de mí, Señor, hijo de David! Mi hija está malamente endemoniada» (Mt 15,22). El Maestro queda sorprendido: «Mujer, grande es tu fe», y no puede hacer otra cosa que actuar a favor de aquellas personas: «que te suceda como deseas» (Mt 15,28), aunque parezca que no entran en sus esquemas. No obstante, en la realidad humana se manifiesta la gracia de Dios.

La fe no es patrimonio de unos cuantos, ni tampoco es propiedad de los que se creen buenos o de los que lo han sido, que tienen esta etiqueta social o eclesial. La acción de Dios precede a la acción de la Iglesia y el Espíritu Santo está actuando ya en personas de las que no hubiéramos sospechado que nos traerían un mensaje de parte de Dios, una solicitud a favor de los más necesitados. Dice san León: «Amados míos, la virtud y la sabiduría de la fe cristiana son el amor a Dios y al prójimo: no falta a ninguna obligación de piedad quien procura dar culto a Dios y ayudar a su hermano».

Oración a Santa Benedicta de la Cruz


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Dios Niño dormía seguro en brazos de María


Dios Niño dormía seguro en brazos de María

Padre Mariano de Blas. L.C

Salí por los caminos del mundo
buscando un ser que me quisiera mucho,
que me quisiera más que nadie.
Lo encontré en una cueva:
Era un Niño pequeño,
eras Tú, mi Señor.
Tú eres mi amor largamente soñado,
mi amor eterno, mi grande y único amor.
Dejé a la puerta del portal todas mis cosas,
dejé mis riquezas, dejé mis otros amores.
Me pasé sin nada y entré en la cueva.
Lo tomé en los brazos, lo único que quiero tener:
mi Dios y mi todo.
Tú me has amado, Niño Dios,
como nadie.
Tú has apostado por mí todo.
Tú mismo te has ofrecido.
Hoy he comprendido cuánto me quieres.
Yo, que tantas veces he dudado,
ya no dudo.
Yo, que tantas veces te he traicionado,
ya no más.
Yo, que mil veces me siento infeliz,
turbado, angustiado... nunca más.
Tú eres mi respuesta.
Tú eres la luz que ilumina mi senda.
Tú eres desde hoy la alegría de mi corazón.
Tú siempre estarás conmigo.
Yo también quiero.
Tú me pides que sea santo.
Te lo prometo.
Tú me quieres un apóstol, un hombre del Reino,
Aquí estoy.
La vida que repartí entre tantas criaturas,
hoy es toda tuya.
Ya no lloro, ya no temo al futuro.
Tú eres mi espléndido futuro.
Desde que bajaste a la tierra,
hiciste de la vida una aventura apasionante.
Y voy a hacer de mi vida
una aventura apasionante.
Al decirte que te quiero como a nadie,
te digo que quiero con la misma fuerza tus amores.
Quiero a tu Padre, porque Tú me lo has dado.
Quiero a tu Madre, que ya no es solo tuya,
es mía también.
Quiero a las almas, porque son tuyas y son mías,
Porque diste por ellas un precio muy alto.
Si obras son amores,
muy grande debe ser tu amor por ellas.
Hoy entro en tu cueva.
Quiero arrodillarme junto a ti,
a reparar lo que ha sido mi vida: tu pesebre,
tus pajas hieren la carne muelle de mi sensualidad.
Tu amor ame golpea.
Tu amor me pone de rodillas.
¡Gracias, Amor!
¡Gracias, Jesús!


Madre de Dios y Madre del hombre

Júbilo eterno nació en su corazón
desde que supo que era la elegida
para Madre de Dios.

Dios en su seno durante nueve meses.
Ninguna madre ha gustado la felicidad
de ser madre tan profundamente,
tan tiernamente como la Madre de Jesús.
Dios en sus brazos, alimentándose de Ella,
dormido dulcemente junto a Ella,
prestándole el calor de su cuerpo
y la seguridad de una madre.

Dios Niño dormía seguro en sus brazos.
Dios de la mano de María, Dios caminando
no ya entre las estrellas y rodeado de los ángeles, de la mano de su Madre, pequeñito,
por las calles de Nazaret.

El hijo de María, tan guapo como Ella
tan igual a Ella, tan hijo de Ella,
cogido de su mano.

Un día, al querer tomar la mano de Jesús,
sintió un dolor en su mano, un dolor en sus ojos, un dolor en su corazón.

Dirigió sus ojos de cielo a la mano que le hería, a aquel niño malo, vestido de harapos,
descalzo, enfermo y herido.

“Ahí tienes a tu hijo, mujer”.
Y besó a aquel niño malo en la frente,
diciéndole con ternura celestial: “Hijo mío”.
Ese niño era yo...

No pudiste ofrecerle nada material: unas pajas, un pesebre, unos pañalitos. 
Jesús no te pidió nada de eso. Tu amor le arropaba como la mejor cobija; tu pureza le hacía sentirse alimentado como el manjar más sabroso. Jesús nació con más amor, con más ternura y cariño que ningún otro niño. 

Dios te lo agradece infinitamente, María.
-No tengo nada que ofrecerte
-No puedes ofrecerme nada mejor. Esas pajas, pañalitos y pesebre son mejores que a las cunas, los vestidos, los palacios de los niños ricos.

El regalo más grande de María a nosotros es Jesús. Podemos quedarnos sin nada de la tierra, y lo tenemos todo con Jesús. Quien a Jesús tiene, nada la falta.

Pensar que ese maravilloso don quiso dárnoslo el Padre por ti, a través de tus manos, de tu cuerpo, a través de tu corazón. ¡Gracias, María; ¡Gracias, Jesús, por habernos dado el regalo más grande, precioso y totalmente inmerecido!

El regalo más grande que podemos dar a los demás es Jesús por medio de María. El regalo no se achica, porque se le distribuya a más personas, Jesús puede ser de todos y quiere ser de todos, y Jesús todo entero es de cada uno.

María presentó a Jesús a los pastores; a cada uno le dijo: Aquí tienes a mi hijo, es todo tuyo. Y cada uno de nosotros nos lo ha presentado de igual forma; ahí tienes a Jesús; es todo tuyo y para siempre. Y ¿qué hago yo con Jesús? ¿Qué han hecho otros? Conocerlo hasta el éxtasis; amarlo con todo su corazón, toda su alma, toda su mente y todas sus fuerzas. Predicarlo a todos; darlo a conocer a todos,

Jesús es alimento, Jesús es vida, es camino, es felicidad sin fin. No sabremos hasta el cielo qué regalo nos han dado. Perderlo es perderse eternamente, es quedar aniquilado, sin nada. Con Jesús eres rico, feliz, realizado. Sin Jesús eres un desgraciado sin nombre.

A veces se hace mucha teoría sobre el apostolado. Pero consiste sencillamente en dar a Jesús al hermano para que sea, para que se realice, para que alcance la felicidad sin fin.