domingo, 24 de diciembre de 2017

Santa María del Adviento


 SANTA MARÍA DEL ADVIENTO.

Por Gabriel González del Estal

1.- En este cuarto y último domingo del Adviento leemos, una vez más, este evangelio de la Anunciación. Estando ya, como estamos, a las puertas de la Navidad --dentro de unas horas celebraremos la Nochebuena-- es bueno que nos detengamos un momento a contemplar la figura de María, turbada en un principio ante las palabras del ángel, pero llena después de agradecimiento, de contemplación y de gozo por el privilegio tan inmenso que Dios le acababa de otorgar. En su seno empezaba ya a formarse, por obra y gracia del Espíritu Santo, el que había de ser llamado Hijo del Altísimo. A partir de ese mismo momento María entra como en un éxtasis de alegría y esperanza. Si el tiempo de Adviento es un tiempo de esperanza en la venida de nuestro Dios, nadie más que María esperó esta venida. Santa María del Adviento es, desde el momento mismo de la Anunciación, Santa María de la Esperanza. Con la semilla de la esperanza comienzan a crecer en María, al unísono, las semillas de la fe y del amor. La fe de María es una fe activa, que la empuja a confiar en Dios, a entregarse a Él, y su amor es un amor encendido y ardiente, que le da fuerzas para poner toda su vida al servicio de Dios, para ser corredentora de todos sus hermanos. En un golpe de vista privilegiado, María vislumbra y acierta a ver ya cómo el Hijo que bulle en sus entrañas camina por los difíciles caminos de Palestina; lo ve gritando y voceando amor hacia los más pobres y marginados, denunciando las injusticias de los poderosos; ve que esto le llevará a la cruz, una cruz que su hijo llevará con amor y por amor, y lo ve ya resucitando, glorioso, al tercer día. La esperanza arde en el corazón de María, la llena de humildad y coraje, su alma proclama la grandeza del Señor y su espíritu se alegra en Dios su Salvador.

2.- Esta esperanza cristiana de María, esta esperanza cristiana del Adviento, es la que nosotros debemos pedir hoy al Niño que va a nacer en Belén. Sin esperanza cristiana no se puede levantar y sostener el cristianismo. Sin esperanza cristiana nuestra vida camina por un túnel lóbrego y sin luz, una vida que camina hacia la nada, una noche que no amanece nunca. Nuestra esperanza es una esperanza anhelante, una esperanza que creemos y anhelamos que se convierta algún día en realidad. No serán nuestros méritos los que obren el milagro, serán los méritos de este Niño que va a nacer los que quiten nuestros pecados y los pecados del mundo. Por eso nos alegramos con su nacimiento, también nosotros exultamos en Dios nuestro Salvador. La desesperanza produce pesimismo, derrotismo, negatividad. Los cristianos debemos ser personas optimistas, luchadoras, llenas de generosidad y de amor cristiano. Nunca presuntuosas, nunca despreciadoras, porque sabemos que ha sido un Dios pobre y nacido en un portal el que ha dignificado nuestro barro, el que nos ha salvado, el que nos ha enseñado el camino de la salvación. Santa María del Adviento quiso ser siempre la humilde esclava del Señor, por eso vivió siempre animada por la cierta esperanza de que la salvaría a ella y a nosotros la misericordia de un Dios Salvador que se había encarnado en sus purísimas entrañas.

3.- A la Virgen del Adviento la pintan tradicionalmente los artistas como a una joven doncella, embarazada, que contempla, con agradecida ternura, al Dios que está naciendo en sus entrañas. Escuchemos hoy nosotros, con humildad y agradecimiento, la súplica de un Dios que nos está pidiendo permiso para nacer dentro de nuestro corazón.

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